Hubo un costo físico con la
quimioterapia (qué duda cabe), pero también un costo económico altísimo. ¿Cómo
seguir adelante?

De repente, se me encendió la
ampolleta y recordé el seguro de la Clínica Las Condes que tomé por insistencia
de una hermosa mujer hace un par de años en la UTFSM. Olivia lo revisó y vimos
que, al parecer cubría el tratamiento en dicha clínica. Hablé con el doctor
Ochetaux, quien me derivó al doctor Jorge Gutiérrez, un ángel caído del cielo.
Después de una minuciosa evaluación, sugirió hacer un trasplante de médula.
Pasaron seis semanas interminables en las que estuve sin moverme de la cama en
la casa de Olmué. Quería morir en mi terruño.
Conversé con José Luis, un amigo que
tenía una leucemia muy complicada y se trataba en una clínica especializada en
Estados Unidos. Le aplicaban un tratamiento experimental, pero mejora y parecía
mejorar. En uno de sus controles, le pedí que llevara mis exámenes para una
segunda opinión. Al regresar, me comunicó que me recomendaban no hacer nada, ya
que mi cáncer estaba muy avanzado y el trasplante a mi edad era de altísimo riesgo.
Me deprimí, pero una visita de mi estimado psiquiatra doctor Roysblar, me ayudó
a encontrar el camino de la aceptación y la esperanza. Lo conversé con Olivia y
el doctor, y les manifesté que no tenía nada que perder: me muero en el
transplante o me muero dentro de unos meses, pero si el tratamiento funciona,
tengo una posibilidad de seguir viviendo por más tiempo. El doctor Gutiérrez me
emocionó cuando dijo: “Jorge, te voy a sanar”.
Comenzamos la preparación del
trasplante de médula que sería autólogo, ya que a mi edad no había otra
alternativa. Estuve en aislamiento total. Se evaluó el mejor momento para
extraerme las células madre, liofilizarlas y guardarlas. Necesitaban sacarme un
mínimo de 3 millones de células y yo me preguntaba si eso sería posible. Una
vez más mi ángel de la guarda me protegió y se pudo obtener la cantidad
deseada.
Previo al trasplante, una quimio
fuertísima me provocó náuseas y vómitos intensos. Me sentía muy mal y no quería
ver a nadie, ni a la Olivia. Por momentos, quería irme lejos y no recibir más
tratamiento. Viví una crisis intensa. Pero aguanté y llegó el día. La
transfusión demoró 48 horas. Me generaba un calor insoportable y debían
detenerse durante unos minutos antes de seguir. Me esperaban otros quince días
de aislamiento, hasta ver si las células madre funcionaban. Días para
encomendarme y esperar lo que Él y la Mater quisieran para mí. Habían pasado
sólo nueve días y el médico tratante, me dice que he tenido una evolución
extraordinaria y puedo ser trasladado a mi pieza. La médula estaba funcionando
bien. Le agradecí a él, y también a la Mater por esta nueva oportunidad.
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